Violentados otra vez


domingo 6 de enero de 2008

Violentados otra vez

Por Rafael Cavada / La Nación Domingo

Si buscas violaciones de los derechos humanos en Chile en Google, lo primero que aparece es una serie de artículos sobre el conflicto mapuche”. Parece lógico. Después de la muerte de un joven comunero en un enfrentamiento con la policía, es natural que la red se llene de noticias y análisis sobre el conflicto. Lo que no calza es que esa observación me la hizo un brillante periodista y mejor amigo llamado Claudio Pardo hace como cinco años, cuando ambos trabajábamos en TVN. Por aquellos días, Matías Catrileo, ese joven estudiante universitario mapuche, debe haber sido un adolescente más de los que viven en la inestable Región de la Araucanía, lleno de vida y de ilusiones, y no un cuerpo frío en una morgue con una bala en el abdomen.

Por aquellos días, la noticia era la construcción de Ralco, las negociaciones con los clanes locales y el futuro de la hidroeléctrica. La situación, hay que decirlo, generó una ola de solidaridad con las etnias originarias que recorrió todo el país y que dio lugar a hechos tan curiosos como niñitas de colegios de monjas ultracuicos trabajando como empleadas domésticas de algunas ancianas mapuches que se quejaban de lo inútil que eran las huincas. Sintomático, ¿no? Todas las buenas intenciones y la solidaridad chocaban y se desvanecían porque la realidad de un chileno urbano nada tiene que ver con la de un mapuche, que no compra sus alimentos en un hipermercado, sino que se lo gana trabajando la tierra de sol a sol.

Poco después, la lógica de las noticias dejó totalmente de lado el conflicto mapuche, que sólo volvió a las pantallas con algunos incidentes aislados que ocurrían extramuros, más allá de nuestras relucientes metrópolis. Los análisis sobre la situación cayeron en el facilismo de decir que lo que ahí había era un grupo de mapuches codiciosos y que lo único que se había logrado al negociar con ellos era que Aucán Huilcamán se ganara un pasaporte de la ONU y un sueldo fijo por desacreditar a su país. Tampoco se dijo mucho de la exclusión de Huilcamán de las elecciones presidenciales, una exclusión basada simplemente en el poder económico. El líder indígena no autentificó ante notario las firmas que respaldaban su candidatura, porque esos zánganos cobran por estampar su firma donde dice yo autentifico.

Los argumentos no han variado mucho desde entonces. ¿Cuántos de nosotros sabemos que hay mapuches encarcelados que llevan 80 días en huelga de hambre líquida? ¿Cuántos sabemos las causas que los llevaron a prisión? Muy pocos. Nuestra mirada, que convierte a un árbol en madera, a un río en una represa y a un paisaje agreste en una población de viviendas básicas, poco tiene que ver con la del hombre que vive apegado a la tierra, a sus costumbres y a su lengua ancestral. Aunque ello le signifique exclusión, discriminación, falta de oportunidades.

Pero las cosas han seguido su curso. Si hoy uno busca en Google información sobre el conflicto mapuche, verá que el tratamiento de los análisis y las noticias tiene dos grandes vertientes: la que le da casi toda la prensa chilena, que reduce la muerte de Matías Catrileo a un episodio policial, y la que le dan los medios de otras partes del mundo, que acusan a Chile de violaciones de los derechos humanos. Curiosamente, varios citan informes de relatores de Naciones Unidas y de Amnistía Internacional, de los cuales los chilenos nada hemos sabido. Probablemente porque no nos interesa lo suficiente el tema.

Y eso también es sintomático. Mientras sigamos viendo el conflicto como una sucesión de hechos policiales, seguiremos pidiendo soluciones del mismo tipo. Llenar la zona de escuadrones de policías fuertemente armados no solucionará el problema; por el contrario, lo eterniza. Eso de “a mayor represión, mayor rebeldía” es algo que todo adolescente ha comprobado en la cotidiana lucha con sus padres. Por otra parte, encarar el problema con todas sus aristas sociales culturales, históricas y sobre todo económicas es más largo, más tedioso, requiere más paciencia y es mucho más costoso.

Pero un hecho de la causa es que este conflicto tiene una arista económica basada en la propiedad de la tierra. Y de esa propiedad y de la instalación de grandes obras en la región, poco ha ido a mejorar la vida de los mapuches y mucho a las arcas de gente que nunca ha visto a un mapuche. Pero los cortoplacistas somos nosotros, ellos tienen paciencia, saben que llevan 300 años en esto y pueden seguir otros tantos. A fin de cuentas, como dicen los españoles de Mago de Oz, en esa canción “Fiesta pagana”, no hay cárcel ni tumba para el canto libertario. LND

 

Publicado por Sigrid a las 4:01 PM 1 comentarios   Enlaces a esta entrada

 

 

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